Génesis de la Colombia violenta

Daniela Muriel
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Colombia siempre ha parecido un nudo ciego en el que la violencia y el conflicto armado interno han determinado la realidad del país desde el miedo y el mutismo. La guerra nos ha marcado profundamente, el pueblo ha sido exterminado silenciosa y sistemáticamente durante décadas. La promesa de la paz mostró una sociedad escindida y dejó claro cómo históricamente el silencio y la anulación del otro, del campesino desaparecido, del pueblo que sufre la pobreza y el exterminio, no cuenta para alguno·as de sus ciudadano·as, no hace parte de su realidad, no es considerada como algo importante ni les es lo suficientemente convincente o conveniente.

Con el argumento de que Colombia es un país violento y que esa violencia le es inherente se alimenta el discurso de la élite colombiana y sus simpatizantes. Este discurso aparece tanto como un blindaje con el que se deslegitima y condena la movilización social como una política que responde con exceso de fuerza armada a cualquier intento de reclamo popular. Esta narrativa se construye desde un discurso neoliberal de capitalismo periférico que normaliza la desigualdad, anula la empatía y consigue a través del fantasma del enemigo interior prolongar una enemistad que se encarna a veces en el partido político contrario, a veces en el manifestante y en general se adapta a las circunstancias que le favorezcan, que le enriquezcan, que les permita continuar con su proyecto de despojo y privatización.

La violencia estatal se desata como única respuesta de la presidencia porque en Colombia la violencia es una forma de gobierno, es un relato fundamental de la élite. La represión estatal en contra de las fuerzas populares es primordial para mantener los privilegios de unos pocos y postergar un debate serio sobre la igualdad y los derechos básicos de sus ciudadanos. En este momento, el discurso de la elite colombiana se revela incapaz de plantear un relato que simule siquiera mínimamente un punto de encuentro entre su codicia y la voluntad popular. Hoy en Colombia el gobierno responde con lo único que tiene, lo de siempre, la  violencia.

Hoy se cumplen once días del paro nacional en Colombia, uno de los países más desiguales de América Latina. Once días de manifestaciones de un pueblo que agoniza, que no tiene comida y que está harto del abuso estatal. Éste es el grito indignado de una sociedad que ya no puede más en su silencio. Hoy Colombia es un nudo que se desata desenmascarando el pernicioso orden de la desigualdad; hoy Colombia tiene una memoria que se expresa en el clamor de las personas jóvenes, de una ciudadanía despierta preocupada por el futuro de su nación y de su vida; hoy Colombia es un pueblo que exige respeto e irradia conciencia.

El cuento del progreso y el desarrollo que ha sustentado la destrucción de América Latina y la depredación del planeta se muestra cada vez menos creíble, es una historia que ya no se creen las mayorías, ya no va más. A pesar de que los medios oficiales traten la protesta como un reporte de daños, a pesar de que se siga invisibilizando la masacre y el maltrato del Estado contra la ciudadanía, el pueblo no para y esta vez busca soluciones serias a los problemas estructurales del país, esta vez ¡El pueblo no se rinde carajo!

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